lunes, 7 de marzo de 2011

Mientras pensábamos acercarnos a un intrigante desenlace, escalando y rasgando la tierra con los dedos, nuestra inconsciencia se hizo cada vez más evidente. Aun rondando a la muerte no pude llegar a entender lo que estaba pasando en aquel bosque o conmigo. La cumbre, de sólido magma impenetrable, nos daba una furtiva bienvenida, aunque no estuviésemos listos. Miles de ojos vigilaban nuestro ascenso, de donde ya no podíamos escapar. En lo más alto del cielo, una muralla, custodiada por cuatros eternos, resguardaba la cima del mundo. Fundidos y maquinantes, los árboles sumaban más de un millón de siglos. En el silencio absoluto, nuestro andar destruía todo a su paso como un gigante funesto, delatando con precisión nuestra posición a eso que nos observaba sigilosamente. Subimos hasta no poder más, hasta violar todo lo que pudimos violar y luego escapamos corriendo. Nunca dejaron de acecharnos; pacientes y quietos, como esperando siglos venideros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

 Lo que hubiera sido que se quede donde está