Cuando no existe compañía alguna; en la ambigüedad de la conciencia se gesticulan infinitos acuerdos autocomplacientes, que nos conducen a la inercia. La naturaleza del hombre tiende a la estabilidad, el afán de comodidad le imposibilita a romper sus propios esquemas. En general, la confianza en el sistema es lo que mueve al mundo, confianza recíproca e omnipotente. Un sistema cimentado en deberes, deberes que obligan, por miedo a fallarle a la confianza en sí, a responderles ciegamente, desautorizando cualquier confusión intrínseca. La confianza no permite dudas, aniquilando así, las debilidades la conciencia en pro de un sistema perfecto. La intransigencia de la perfección, admite a su vez, sólo un par de razones antes de lastimar definitivamente la credibilidad, entonces dichas razones deben ser absolutas. Esta inflexibilidad nos lleva, así, a una verdad forzada o a una flojera autoinfligida, imaginaria e inexorable.
Considerando al hombre como una especie subversiva por naturaleza, parecen convenientes ciertas condiciones que lo llevarían a un bien común, dicho bien que tiene un peligrosísimo grado de interpretación. Ahora entendiendo el bien personal, inmensamente menos dudoso, como la realización de los ideales naturales de cada uno, se puede llegar a buen término sobrentendiendo la propia debilidad de la conciencia. Conociendo la nueva naturaleza del hombre común, la mejor manera de conseguir cualquier íntimo ideal, sería abolir, parcialmente, la conciencia, corrompida por las seducciones del mundo moderno. Si las razones se superponen a la razón, nos eximimos de confusiones en pro del porqué. Si las razones son honestas, entonces, la libertad será plena.
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