Pendejas culias. Aparten ese lenguaje infame, subversivo, peligroso, que me alejan resolutivamente de las tardes ocres con mi hermana. Mundo de mierda, déjala en paz. No quiero tu peso sobre sus infantiles pensamientos; ella no quiere, sé que no, tus asquerosas enseñanzas de libertinaje. Déjala en paz, déjamela. Qué tan malo puedo ser. Déjala tranquila, suave; siempre suave, indefensa. Egoístamente, no puedo dejarla partir, a las miserias de la decadencia de un progreso ciego. Ególatra, como el vuelo de un albatros, solitario, la necesito conmigo; para hacerla perfecta, como yo. Maldita sociedad, déjala en paz. Ella no quiere tus banalidades, ella quiere estar a mi lado por siempre, para juntos jugar, como en antaño, y palidecer bajo las tenues sombras del crepúsculo. Eternamente, sin aborrecer los rastros del alba en nuestros cabellos ya blanquecinos. Hermanos eternamente, enfrentamos incipientes muertes y vidas; como el rojo afronta al azul para evitar vestirse de púrpura, asesinaremos cada diminuto rastro de un púrpura sanguíneo. Libres, por siempre encadenados.
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