lunes, 12 de julio de 2010

atrocidades de un refrigerador


Abro la puerta del refrigerador y en un pestañear salgo a un día de sol escondido en mis recuerdos... me acerco a un pequeño niño sentado en el pasto; de un verde más fuerte que todos los verdes que recuerdo y de una verdad tan cierta como todas las mentiras que no he sabido desencubrir. Él parece no poder verme. Ríe del sol que no puede dañarlo, ríe de la tierra y del tiempo que superfluos vagan salvajes a sus pies y también ríe de mí. Exacto, ríe especialmente de mí, porque sabe que envidio cada segundo de su vida sin sentido. Un exceso en mis sentidos inunda cada vivo color que ensordece mis oídos hasta ahogarme en un aire absurdamente blanco, entonces entiendo donde estoy... las frambuesas me han llevado allá, a los tiempos en que en las tardes salía el sol y en donde en los invierno llovía. Allá, cuando volaba ridículamente, como en un sueño, por días siempre de verano, allá, cuando no entendía... ¿por qué no volver allá? Donde los años pasan implacables en una tarde de juegos, mas ese matiz oscuro los vuelve tan solo un sueño más, indistinguible. Puedo soñar días enteros bajo el sol sin tener en mente un mañana, recuerdo comer todas las frambuesas que pudiese encontrar, sin importar cuantas quedarían para mañana.

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