miércoles, 21 de julio de 2010

No debí haber leído, lo sabía. Ya no podré ser normal, por algún tiempo.


Cerré la tapa y volví, allá donde no he visto aún. Debí haber viajado leyendo porque no me di cuenta cuando llegué. Un viaje sereno y suave, junto a las palomas. Sin problemas ni infecciones. Camino por allá, donde no conozco aún. No puedo terminar de salir de aquí y llegaré tarde a clases. Porque por más que cierre las páginas, no puedo terminar de salir de aquí. Me miran raro o me siento observado. Debe ser porque hablo solo, en la ambigüedad del pensamiento o porque me persiguen personajes anticuadamente vestidos. Debo deshacerme de quien me observa y acallar a quienes me persiguen. Grito y corro, pero nada; siguen ahí, oscuros y penetrantes, aguardando. Saben que terminaré delatándome. Como sombras de colores, llaman la atención a mi alrededor y atraen miradas. Me cuesta entenderlas y más aún distinguirlas, se confunden en la inmensidad de las caras insípidas y los colores muertos. Que todo se vuelve un acertijo después de que el sol ha caído y el mundo muere corriendo a sus casas. El frío me mata y los mata. Poco a poco comienzo a olvidar donde estaba hace unos segundos y ya no puedo separarlos de entre el mural de la pared y la pintura del piso. Se congelan mis manos, mi nariz les quitó la vida desde las sombras. Que ya no puedo entender ni evocar el mundo que hace unos segundos era mío.

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